martes, 1 de mayo de 2012

Aquello parte 2


"Y en mi tumba quiero que escriban: Nunca hubo nada lo suficientemente obvio para P.L."
P.L.

Buen día, me llamo Charles, tengo 35 años, vivo en Londres y les contaré algo más de mí.

Soy un tipo común y corriente como tú, tengo un trabajo común y corriente como la mayoría. Poseo mis defectos, como desconfiar de la gente cercana, reírme en momentos inapropiados, un torcido humor por lo cruel (solo en cosas no-verídicas, que conste, no soy un imbécil), y muchas manías como tomar cierta marca de café, u ordenar los palitos de fósforos de cierta manera en la caja. Tengo mis virtudes, soy inteligente, observador, ayudo cuando es necesario (y si me lo piden), no tengo mala voluntad (suena distinto a decir "tengo buena voluntad", ¿no les parece?) y no suelo escupir mucho.

Aunque también tengo aquello.

¿Será una virtud o un defecto? A estas alturas más me parece un don, o maldición, viéndose con distintos ojos.

Me gustaría saber cuando empezó todo. Recuerdo de pequeño no tener esa dichosa voz en mi cabeza. Esa voz tan divertida (pero que se divierte ella sola) y tan afable. Fui un niño una vez, uno bien inquieto y preguntón  con una familia algo... diferente. No es que me queje de ellos, ni que fueran unos ogros, solo son... diferentes. Mi padre por ejemplo, a muy temprana edad me leía cuentos que hubiera aterrado a hombres maduros y devotos. Mi madre se ensimismaba en las historias de vecinas (chismes, cotorreos, chiquillas preñadas, viejos verdes y todo cliché fácil de vender en un libro y que la gente morbosa adore) para crear historias para sus libros. En las comidas, mejor dicho, luego de las comidas toda familia habla y comparte opiniones, frustraciones, algún detallito que otro, se fortalecen los lazos familiares y cosas así. Nosotros hablábamos de la muerte, de la insignificancia del ser humano en relación a la del universo, la dicotomía del bien y el mal, la existencia de Dios, prejuicios, sueños extraños y pequeños delirios personales, pero sobretodo hablábamos de la muerte. Recuerdo todo desde los 6 años. Crecí así.

Quizás en parte eso alimentó una parte de mi, una parte mágica y con interés por lo sobrenatural (o lo que se diga sobrenatural), quizás así empezó todo. Quizás se dividió mi mente en una especie de esquizofrenia y ahora solo deliro. Quizás nunca nací, y lo que ahora vivo son las ilusiones de un pequeño feto muerto. Quizás se empezaron a introducir en mi las sombras lentamente, esperando, calculando. Quizás Dios me mira, y me ha elegido. Quizás incluso no me pasa nada realmente.

(¿Ven como pierdo el hilo y empiezo a divagar?, ahora ya mayor no me sorprende que en mi familia termináramos hablando tantos temas tan diversos y quizá extraños)

Quizás si, quizás no.

Aún así, recuerdo todo eso pero no recuerdo la voz.

Para que hablar de mi niñez, era el rarito del grupo, el de la ideas macabras (pero no ilegales), el que prestaba atención a los mayores (esa si es más rara aún, ¿no les parece?), el que sobresalía sin estudiar, el que lo tenía todo, el que era feliz... feliz, pero solitario. Nadie hablaba mucho conmigo, y no le llamemos a un protocolar: "Hola, ¿como estás?" dicho en monótono por cortesía a por ejemplo las conversaciones con mis padres. Aunque... no recuerdo a nadie con quien en algún momento pude hablar tranquilo, más bien, con propiedad. A la mayoría le decía la palabra adusto, o fascinante, y recibía burlas, o una cabeza ladeada con cara de -¿en que idioma hablaste?-.
El sentimiento comenzó a notarse, a asentarse... debió ser en esos momentos. Pequeño, vulnerable, bastante crédulo donde se gestó la voz y donde empezó a surgir aquello. Quizás darle un nacimiento con fecha y año sería demasiado (aunque me gustaría), pero fue algo tan progresivo, algo tan... engatusante y trepador.

Si... si, debió ser por esa época.

Y fui creciendo con aquello dentro como si fuera el más horrendo feto invisible para dar a luz un gracioso don, o maldición, como maldita sea quieran llamarlo.

Desde los 6 a los 12 años mi vida fue bastante estable, algo monótona a ratos, pero con buenas calificaciones, ¿que padres diría que su hijo está mal? Quizás demasiado monótona y por eso digo que no recuerdo bien esos años, no es que no los recuerde, es más bien que la cronología sería tan pareja, tan repetitiva, tan perfectamente aburrida en sucesos que nadie podría creerlo. Diablos, ni siquiera yo lo creo ahora. Fueron años estáticos desplazándome, y no-desplazándome, lentamente por la vereda de la vida.

Pero crecí. Mi cuerpo creció. La gente a mi alrededor creció.

Cambios.

Empezaron los cambios.

Me imagino que 6 años no es suficiente para que se geste aquello dentro de un ser humano. No, señor.

Veía a otros niños jugar con otros niños y niñas. Oh, niñas. ¡Seres del espacio exterior y son tan extraños! (huelen... bien...). Niños que corrían, que se desafiaban, niñas que gritaban y chillaban alegremente, golpes, risas, llanto, emociones... emociones.

Yo observé.
Me observé y los observé.

 Y hablé de la muerte con mis padres, de la muerte y de las niñas, del universo y de las niñas, de la naturaleza divina del pecado y de las niñas. Niñas. ¿Niñas?
Continuaron los cambios. Aunque algunas cosas se mantuvieron. Mi querido Padre y mi querida Madre continuaban a su ritmo con sus vidas (y como culparlos remotamente de cualquier cosa, a fin de cuentas también son personas), mi Padre y sus bromas de mal gusto, mi Madre y sus absurdas quejas de la vida. Quizá no absurdas para ella y quizá camuflar ranas en las tazas de té de las personas sea gracioso para algunas personas. Quizás.

Pero mi universo cambió. Empecé a ver más cosas. Me di cuenta (sin darme cuenta realmente cuanto) que podía ver. Y un susurro. Una pequeña voz habló. Rió, diciendo

- ¡Ja!... míralos- y fue como oír decir a un tremendo gigante con el cerebro de Albert Einstein: "Vaya, hormigas"

Fue sutil, pero despreciativo. Surgió el desprecio. Emociones.
Mi universo cambió, más mi vida siguió estática. ¡No sabía hacer otra cosa! y tampoco tenía a nadie que me dijera: ¡Vamos cobardica!, ¿que es lo peor que puede pasar? Para atreverme así a interrumpir esa estática.

Otros 4 años.
Ahora oscuros, mucho más oscuros ahora que los recuerdo.

Si... ah, si.

Continué viendo, si. Pero recuerden como estaba solo, como no podía hablar con nadie más, como secretamente o inconscientemente los despreciaba a todos por ser inferiores a mí. Ah... la juvenil arrogancia. Y el egocentrismo, todo se trataba de mi a los 16, y todos me miraban a mi, y sus miradas dolían, por que no traían más que eso, miradas... ningún acercamiento, ¡y como dolió!... dolió tanto estar tan solo y "acompañado". Dolió. Emociones... recuerdos. Me moldeé a aquello, o quizás aquello me moldeó.

Misma historia, distintas versiones, dicen.

Así llegué a los casi 18 con aquello ya bien gestado, arraigado. Le di tiempo de echar sus raíces (¡y de haber sabido lo que pasaría las hubiera arrancado con los dientes!) y generar sus oscuros "frutos".

Fue a esa edad cuando experimenté por primera vez y a conciencia aquello.


Con una chica.

Dicen que nunca olvidas tu primer beso. Me imagino que todas las historias de primeros besos son interesantes o al menos graciosas. Con un pequeño chascarrillo incluso. O con una gran pelea a punta de patadas y puñetazos. Mil versiones. Misma historia. Pero siempre hay una mil uno.

Había una chica, Karen, cabello negro como el ala de un cuervo y tez blanca como la luna. Tan hermosa era. Tan inteligente también. En mi mente lo era todo (porque vamos, a mis 18, y edad mental de 16 o 12, ni con el corazón amaba). Encerraba todo lo que más podría atraerme jamás de los jamases. Lo mejor de todo era que asistíamos a la misma escuela. nos veíamos a diario y solíamos conversar bastante cada vez que podíamos el uno con el otro. Fue muy grato, todo fue mucho muy grato.

Busqué ocasiones, si, ella me dio otras, también.
Y les contaré que pasó.

Apareció la voz y se manifestó aquello por primera vez.

Hubieron muchas fiestas antes, en casas de amigos y vecinos, donde la música era estridente y el alcohol controlado. Habían un par de adultos, pero nos dejaban bastante a nuestras anchas. Que decir de los chicos más gamberros, soltaban agarrones a diestra y siniestra, otros más osados aún se declaraban en público ante toda la clase (o dos o tres clases enteras) y otros más precavidos lo hacían pre o post fiesta.

Pero esa fiesta, ese primer beso, fue en la escuela. En un baile grande de esos que organizan casi por que es una tradición inscrita en piedra por algún Dios de los bailes.

aquello quizás le hizo gracia. O quizás poseía un extraño sentido del humor. Quizás si, quizás no.

Y lo recuerdo, lo recuerdo muy bien.
Después de todo, el primer beso no se olvida, ¿eh?

Imagínenlo. Gimnasio vacío, muchas luces bien puestas, un decorado flagrante, ponche, bebidas (algo de alcohol infiltrado de seguro), bocadillos, excelente música, chicos y chicas con sus mejores y más elegantes trajes. Casi como en las películas. Casi.

Por que ahí había un chico solitario y perfectamente apuesto (con un aire algo extraño) de buen traje y pelo engominado y al lado de él, a unas dos sillas una chica perfectamente hermosa con su vestido negro noche y el pelo en una bellísima cascada de rulos.

De ser una película ambos hubieran sido los personajes principales, coronados Rey y Reina, el chico tendría un mejor amigo y la chica cientos de (envidiosas) amigas mirándolos y vitoréandolos.

En este mundo, mi mundo. Las cosas marchaban diferentes. Me moría por invitarla a bailar, pero no sabía como, y no sabía bailar (solo había leído un libro y memorizado mecánicamente cada uno de los pasos). Además veía señales, veían como jugaba con su cabello, podía observar y captar esas miradas juguetonas, su rubor, su sonrisa. Todo era una invitación.

Ahora que lo recuerdo, debió haber sido la voz la que me dió el primer impulso diciendo:

Uh!, mira que buena está, ¿que esperas bobalicón?- y luego esa risa seca, casi como una tos, o un jadeo de perro.

De pronto sucedió sin más, como si un individuo de otra galaxia hubiera tomado prestado mi cuerpo y se hubiera sentado en la cabina de control para hacerme levantar de la silla, movió las palancas y apretó los botones, pero yo no sentía como que quisiera hacer eso, fue ese pequeño hombrecillo, él me tripuló y así me sentía, ajeno a mi cuerpo, tripulado.

Y cómo navegaba ese hombrecillo, fue perfecto. La inclinación de la mano, la sonrisa cuidada, y el firme pero amistoso: "¿Bailemos?" que sabías que ninguna chica con 2 dedos de frente rechazaría. Karen tenía unos 3 o 4, su respuesta fue más que inmediata, pero cuidando sonar desinteresada. No era para nada una chica fácil, realmente no lo era.

Dancé ajeno a mi cuerpo aún, como en un sueño.
Tomé su cintura, meneé mis caderas. Las hermosas negras cascadas que eran su cabello sacaban brillos a las luces comparables a las estrellas. Era una delicia visual, táctil y aromática, su cuerpo olía a jazmín. Yo tan solo esperaba estar a su altura, esperaba ser suficientemente bueno, esperaba que no todo fuera un sueño y esperaba que esa sensación de estar metido en una escafandra a unos 1000 metros bajo el mar fuera solo nerviosismo.

Pero era aquello.
Sentía su risa en mi cabeza como diciendo:

Si, disfruta. ¿Lo estas pasando bomba no?, relájate hombre todo saldrá de perlas - y reía


Terminó la fiesta, la música, y los jóvenes ebrios (que se suponía no debían estarlo) se retiraron cada quién por su lado.

Yo llevé a Karen hasta su casa, nos fuimos tomados de la mano de una forma tan natural, como si lo viniésemos haciendo desde la invención de la ampolleta.
Y llegó el momento, un momento que todo hombre (espero, si no, la gran mayoría) ha pasado. Sería un cliché, pero no lo es, por qué es cierto.

Ella en el portal de su puerta, una elegante puerta con un rectángulo en medio donde un cristal ahumado y con unos graciosos querubines incrustados lo adornaban (quizá hasta nos vitoreaban en su mundo de cristal), una lámpara muy linda provocaba la cantidad justa de luz para que nos viéramos el uno al otro sin problemas. Y el final. Todos saben como termina esa película no.

Excepto que aquello susurró.

- ¿Preparado Charles? 


Creyendo que era mi mente dándome ánimos sonreí. Debí haber sonreído de la manera indicada, por que Karen también sonrío.

Aún tomados de las manos, bastante firmemente el uno al otro (quizá también era el primer beso de ella, pensé), acercamos nuestros rostros, y nos besamos.
Fue largo, hermoso, con un estallido de luz blanca en mi cabeza. Y mi sombra proyectada sobre la de ella. Sobre el piso de la entrada. Se proyectaba hasta la puerta.

Tomé sus manos, su cuerpo se empezó a separar del mío, como tirando. Yo pensé que ella se había vuelto algo tímida y yo en ese momento de victoria personal no estaba nada tímido, así que tiré, y su cuerpo se volvió a alejar, como imantado, esta vez con algo más de fuerza. Y luego... luego. No supe muy bien que pasó. Me adelanté un paso, pero retrocedí. Luego me di cuenta que ella también retrocedió sin siquiera moverse. Ella se acercó, pero no podía, yo me acerqué, pero no podía.
Enojado, di un enorme salto y ella también (pura coincidencia). Nos acercamos el uno al otro, pero sin poder lograrlo, estuvimos a unos centímetros... milímetros. Y era como si una fuerza invisible nos separara al uno del otro, como un cable de grúa que nos sujetara a cada uno por la espalda y lo tirase un tren.

Salí despedido hacia la calle. Rodé y me levanté, lleno de una profunda e inquietante incredulidad, polvo y un rasguño en la mejilla.

Karen salió despedida hacia la puerta, la elegante puerta con el vidrio ahumado de los querubines en medio, su brazo derecho lo había traspasado por el impacto rompiéndolo y cortándose. Quedó colgando de él a medias, y se veía una parte del querubín en el marco, y la otra desaparecida en la blanca y tierna carne de su antebrazo. La sangre manaba limpiamente por la elegante puerta. Chorreó su vestido y el piso. Brillaba tan roja a la luz de la lamparita.

Y ella ahí, una parte shockeada, otra horrorizada y aterrada, aún con la boba sonrisa del primer beso en los labios.

Di un paso y me detuve.

Ella se incorporó y se detuvo.

La sangre corrió alegremente por el brazo.

El tiempo se detuvo.

No hacían falta las palabras, ella también había visto al tipo raro y solitario todos los días en la escuela. Además, su mirada lo decía todo, sus ojos febriles, delatarían incluso la mejor mentira que pudiera crear. Solo le quedaba el horror y la incredulidad.
Empezó a negar lentamente con la cabeza y a levantar el brazo bueno, para mirarse la mano, en un gesto que gritaba sin gritarlo: "Esto no está pasando".

Sus padres salieron a ver que había sido ese ruido.

Eso me hizo reaccionar y huí.

Así mismo, sin más ni más.



Los primeros besos jamás se olvidan.

martes, 29 de noviembre de 2011

La biblioteca

No sé como empezó, pero si lo que causó. Aquel impío edificio perdido, alejado de la mano de cualquier Dios que conozcas. Una biblioteca.

No aparece en ningún mapa y no puedes llegar a ella de maneras normales. Dicen que puedes llegar a através de un sueño (o pesadilla), si lo deseas con todas tus fuerzas. Otros dicen que tienes que encontrar al bibliotecario, que no es humano, y pedirle una cita. Algunos dicen que está doblando a la esquina de esa calle que tanto conoces, pero primero tienes que llevar un gato negro recién muerto en tus ropas. Hay muchas historias de como llegar, pero todas (las que se han sabido) acaban con lo mismo, muerte, locura, terrores indescriptibles, sangre y sacrificios.

"¿Cuanto tengo que pagar por sacar los libros?"
"Es gratis"

Y luego una sonrisa enorme de dientes rgulares y perfectos se ensanchó en la boca del bibliotecario, un viejo de apriencia normal, barba espesa y castaña.
Sabes que no es así, sabes que hay un precio y que nada es gratis en esta dimensión ni en ninguna, aún así te llevas todos los libros que desees, o los que puedas cargar.
Curiosamente en la biblioteca hay muchas revistas, librillos pequeños que contienen solo ilustraciones, como diciendo, "Llevame, soy ligero y contengo mucha información". Lo cual, es bastante cierto.
Oh, y cuantas revistas me llevé, cuantas ilustraciones, datos, cuantas maravillas ocultas y profanas encajaron en mi cabeza en segundos, no podía dejar de llevarme todas y cada una de esas joyas de información. Sabría el futuro, el pasado, el presente. Todo lo que anhelé saber lo descubrí al cabo de dos minutos de pasearme por aquellos estantes prohibidos.

"Ecleria" rezaba una revista en cuya portada unos caballeros con armadura dorada posaban de formas dinámicas. Me llevé unas diez o más. "Los Dioses exteriores" un libro gris, impecable, alto y ligero, mostraba todas las falsas conexiónes de todos los Dioses de la Tierra, una portada bordada en rojo de lo que parecía ser Bafometh adornaba la cubierta. "Noches eternas", un tomo enorme, ancho y basto, muchas ilustraciones y una portada preciosa de una noche estrellada. "Revelrás los misterios de los sueños", decía en la portada. Y un libro jamás miente.

Esos creo que son los que vale la pena recordar, el resto se haya más allá de mi memoria, quizá por una buena razón.

¿Será que son más fáciles de digerir las imágenes que las letras?, ¿o es que nuestras mentes no podrían leer tales palabras para poder armarnos en la cabeza una imagen perfecta de las verdades cosmicas?, quizá solo sea para que todos y cada uno de los humanos de la Tierra se sientan atraídos a esta trampa gigantesca, incluso los analfabetos.

Luego de preguntar el precio, saber que era una mentira y regodearme de mis hallazgos, salí veloz, me esperaba una noche llena de lectura y descubrimientos maravillosos.
Pero me seguían un par de hombres, "Gratis, ya veo por qué". Imaginé que aquellos tipos eran matones que tomarían mis preciosos libros y revistas para luego dejarme sin nada.
Apreté el paso, y me encontré con mi hermana mayor. "¿Que haces aquí?" le grité confundido y preocupado. Extrañada, me respondío sencillamente "Paso por aquí todos los días". Imposible, relamente imposible.
Los extraños parecieron dejar de seguirme al verme acompañado. Curioso.

Luego mi mente es un vacio, más bien, un blanco. Un blanco deslumbrante de conocimiento, tanto que anulaba todo lo que jamás haya pensando a lo largo de toda la vida, y de todas las vidas que me rodeban. Todo lo que sabía era una mentira, desde un nivel atómico, hasta las verdades de dimensiones universales, eran mentira. Mi cabeza era una explosión de colores, nuevas formulas matemáticas que dejaban obsoletas incluso las de Einstein, conocer el significado de la vida y el deambular de las personas sobre la Tierra, comprender la muerte y las frases que nos susurra al nacer, el impecable destino, los oscuros sueños. El caos tomaba forma y me entregaba los planos de la perfección. Quizá solo deliré durante ese periodo de tiempo, ya no puedo estar seguro, todo perdío y ganó claridad en esos momentos, ya no puedo asegurar nada.

Mi conciencia volvió, (me sentía como si no hubiera dormido, ni comido en dos semanas) y estaba junto a otro cliente de la biblioteca y era tan solo un niño, no debía siquiera haber besado a su primera mujer, o mejor dicho, niña.

Yacía junto a mi cama (¿por que estaba en una cama?), ensangrentado, con sus tripas afuera, una enorme cantidad de tripas, más que las que tendría un humano promedio. Estaba al borde de la muerte, pero con una sonrisa en los labios y los ojos ojerosos, brillantes, de conocimiento. Me dijo, "Ya sabes que hacer" y me tendío una flauta de metal, muy sucia. Debo haber accedido a ayudarlo por que él me habría ayudado a mí, o tal vez fue el horrendo espectáculo. No lo pensé dos veces y me coloqué el instrumento en los labios. Su textura casí me hizo vomitar y su suciedad no era normal, aún así, sabía que debía tocar dos notas nada más. Me concentré, soplé, y luego huí. No podía quedarme a ver como las tripas se arremolinaban para volver a entrar en su huesped, una a una, bailando, retorciéndose. Huí.

Corrí hasta que ya no me quedaron energías (si es que aún tenía luego de la noche de lectura, delirios y ver como una montaña de tripas entraba en el cuerpo de un niño) y caí en la cuenta de los libros, la biblioteca, el conocimiento, el precio. Debía devolverlos, todos y cada uno. Y volví a hacer un descubrimiento, sería imposible.

Ese era el precio, devolver los libros. Pero en el fondo de mi cabeza algo gritaba enloquecido "LOS HAS PERDIDO" y sabía que tenía razón. No podía recordar nada y ni siquiera sabía donde me hayaba.

Pedí ayuda a mis amigos, que en esos momentos estaban almorzando cerca de los muelles. Accedieron inmediatamente sabiendo el peligro que corría (¿o acaso también eran clientes de la biblioteca y volvían a por sus libros?).
Corrimos como unos posesos, buscando en todos los rincones posibles de nuestras casas, lugares de descanso, cada uno de los volumenes que debía devolver, pero todo fue en vano.
La caja de "Ecleria" (¿era una caja entera?) tenía volumenes de otras revistas comunes y corrientes y la de los libros también.

La pila era impresionante, pero habían más tomos comunes y corrientes que los que había pedido a la biblioteca. ¿Acaso mis amigos creían que podrían engañar a un sujeto que llevaba milenios atendiendo un lugar como aquel?, ¿o es que sentían compasión por lo que sabían que me habría de suceder e intentaban ayudarme lo mejor que podían?, no lo sé, realmente no lo sé.

Ahora, ¿como encontraba al bibliotecario? La respuesta saltó en mi cabeza, solo debía llamarlo, pedirselo, y estaría ahí.
Pose mi mano sobre la barra de un local y lo llamé. Apareció la barba castaña y la sonrisa de autosuficiencia tras unas cortinas, venía encapuchado (y ahora que me doy cuenta, jamás vi sus ojos).

Le pasé la caja, e impediatamente brilló en sus manos, convirtiendo los volumenes que no debían ir ahi en un montón de hojas blancas. Le pasé la pila de libros y sucedió lo mismo. Y luego, un silencio. Un silencio muy marcado, y su sonrisa seguía ahí. Sentí como me miraba y me decía sin hablar ni mover un músculo de su cara. "Faltan libros, señor".

Giré, preguntando a mis amigos, buscando ayuda. Y no vi esperanza en sus rostros. Otros evitaban mirarme, llenos de culpa. De todas formas era mi error, nunca podría culparlos por aquello, y les dije que corrieran, que se fueran lo más lejos posible. Ni siquiera había terminado la frase, cuando ya no quedaba ni rastro de ellos.

Me volví para enfrentar la deuda de la biblioteca. Y una explosión blanquecina nació de mis pies.

Y seguí ahí.

De pie.

No había sucedido nada, o al menos así lo parecía.

Cuando una de mis amigas, Lizeth, se devolvió preocupada y me llamó por mi nombre. Corrí, a reunirme en una mesa, donde el biblotecario me llamaba, junto a él habían otros tres sujetos, dos hombres y una mujer, y todos reían.

Lizeth no vió nada en el rincón donde su voz había hecho eco. Y en la mesa de la esquina del local, tampoco había nada digno de mención.

Sus pasos sonaron vacuos y cansados al devolverse a su hogar.

martes, 12 de julio de 2011

Aquello

La peor respuesta es la que incluye ninguna respuesta en ella.
P.L.

Me sentía muy a gusto el día de hoy, mi traje recién había sido lavado en la tintorería y su textura era más deliciosa que nunca, los muebles victorianos relucían tenuemente con su madera barnizada y la chimenea ardía a gusto entregando un bondadoso calor, estabamos sentados en sendas sillas de recia madera de roble recubiertas de terciopelo, apuntando hacia la chimenea. Era un día nublado, de esos que tanto me gustan, no hace demasiado calor, ni demasiado frío, pero sobretodo son las nubes y su gris encanto que generan graciosas formas, o cuando se arremolinan en continuados valles grises cuando está a punto de ponerse a llover. Adoro ese momento de estática antes que se libere el liquido de la vida sobre la tierra, calido, vibrante, se siente en la piel y los cabellos, un momento encantador. Me encontraba junta a un muy querido amigo, disfrutabamos una amena conversación entre hombres: deporte, caza, mujeres, negocios. Los temas se acabaron, conversamos por horas, las luces que proyectaba la chimenea danzaban en muchos sentidos, y el día comenzaba a apagarse. Pronto nos encontramos sencillamente sentados disfrutando la compañia el uno de él otro. Cuando, tan inesperadamente como siempre ha ocurrido durante toda mi vida, la voz habló, amena, divertida, repentina.

- ¿Ha sido un encantador día, no es cierto, Charles?
- Oh, si que lo ha sido

Claro que no contesté en voz alta, tal vez ni siquiera abrí los labios, sencillamente lo pensé, o tal vez lo sentí. Estaba acostumbrado a aquella voz, melodiosa, segura, pero que escondía otras intenciones, siempre tenía otras intenciones, siempre. Cada vez que aparecía, hacía aquello. Me estaba empezando a acostumbrar a aquello.

- ¿Sabes lo que haré ahora, no Charles? -se divertía, y como se divertía.
- Lo llevas haciendo toda mi vida, adelante - suspiré resignado.

Hubo un cambio en el ambiente que solo yo pude percibir. O tal vez... quizá mi querido amigo, Stanford, o solo Stan, también lo percibió. Honestamente lo dudo, solo puso la cara que todos ponen cuando sucede aquello y yo con una esperanza futil, que pese a mis 35 años aún no decae, intento engañarme pensando que se ha dado cuenta, que puede ver lo que yo veo y sentir lo que siento.

- ¡Charles!, ¿como hiciste eso? - exclamó sorprendido

Aún no entiendo por que es justo eso, lo que todos preguntan la primera vez que sucede aquello. Siempre la misma pregunta, cuanta orignialidad. ¿Entenderían si se los explicara?, ¿o solo quieren satisfacer su morbosa curiosidad para ir con el chisme y tener algo interesante que contar? Prefiero no explicarlo, me tomarían por un loco. Así que he aprendido a dejar caer una frase por acá y otra frase por allá y la gente rellena los agujeros, es casi magia dirían muchos. Yo que llevo viviendo toda la vida así, sé que solo es falta de curiosidad, el actual cáncer de este mundo.

- ¿Como hice qué? - pregunté, en parte realmente sorprendido por que nunca he sabido como pasa, y en parte por que es lo que quiere escuchar, lo que sabe que escuchará.

- ¡La silla, tu cuerpo!, ¿estoy alucinando acaso?
- Deberías ir a ver al Sr.Landry y que te examine la vista - bromeé con una sincera sonrisa
- ¿Ah?... pero te acabas de mover, toda la silla... ¿o acaso fui yo?, ¿estaré teniendo lagunas mentales?, tal vez me moví y moví mi silla y ahora no lo recuerdo.

¿Como es que la gente imagina lo peor de un segundo a otro?, simplemente no lo viste Stan, simplemente es inexplicable, deja de intentar verlo, no lo harás.

- Stan, llevamos horas sentados en la misma posición - dije con un tono de "como-no-te-das-cuenta", y evidentemente era mentira, únicamente yo podía sentir aquello, el como me movía, luego de que la voz hiciera su acto de presencia, siempre pasaba.

Me desplazaba através de las sombras alejandome de todo ser viviente. Podía ser incluso una delgada línea generada por una reja, pero me movía sobre ella de todas maneras, era como levitar, solo que mis pies no se despegaban ni un milímetro del piso. Ni mis pies, ni la fornida silla de roble, ni la alfombra debajo. Se desplazaba todo. Silenciosa, estática e inexplicablemente. Un día sucedió aquello cuando un alegre perro en plena calle se me acercó meneando graciosamente su cola. Había un muro que proyectaba una sombra a lo largo de toda la calle. Apareció la voz y pronto me vi haciendo un acto de hechicería deslizandome cada vez más lejos del perro. Ni siquiera las hojas secas de los arboles en el piso crujían, o se rompían mientras pasaba. El perro juguetón me persigió encantado. Debo decir que ha sido una de las peores experiencias de mi vida.

- ¿Estas bien Stan? - pregunté preocupado, vi que se ponía pálido de incredulidad, y se tomaba las sienes poniendo una mirada terrible ante la idea de tener principios de Alzheimer a tan temprana edad.
- Si... s-si.

Claro que no lo estaba, la gente que iva paseando aquell "día del perro" puso la misma cara, morían de incredulidad y no solo no se acercaban a preguntarme (de todas formas sé que no podían), sino que hacían los actos mas inverosímiles ante algo que según ellos no debería suceder. Hubo un par que hecharon a correr desquiciadamente en direccion contraria, casi siendo atropellados. Otro se tiro al piso de espaldas, santiguandose repetidas veces mientras se incrustaba un crucifijo en la frente. Una dama se desmayó, mientras la otra que la acompañaba pidió un taxi y se fue Dios sabe donde. En serio, la gente me sorprende. Pero en parte lo peor fue el perro.

Continuó, y continuó persiguiendome, le fascinaba verme desplazarme maravillosa y tétricamente por las sombras del piso que proyectaba la pared, deslizandome como en aquellas peliculas de miedo baratas, o como en las pesadillas. Hasta que en un momento dado, ni el mismo perro se dió cuenta que cruzaba la calle, yo estaba a salvo, en los autos había gente, y me proyectarían de la misma forma que el perro alejandome de ellos. Pero el giro que dio la situación fue el siguiente: llegue al final de la sombra proyectada por la pared, el perro dio un salto, me proyecté por la esquina a la derecha producto del salto del perro, como si me repeliera un gigntesco imán de personas del tamaño de mi cuerpo. El pobre perro pasó de largo y un veloz auto le golpeó el hocico. Aún escucho el CRACK producido por su cuello siendo torcido a veces por las noches. La voz dio una enorme carcajada y se apagó. No quiero imaginar que hubiera pasado, si en vez de un alegre perro, fuese un alegre niño el que me siguió ese día.

De pronto Stan se paró de un salto, (¿No me digas que me perseguirás tu también?) dio un par de pasos hacia mí, y toda la silla, conmigo incluído retrocedieron unos pasos através de las sombras proyectadas por la chimenea. Si esto seguía así podría ser impulsado hacia la chimenea, u oir un nuevo CRACK más humano esta vez si Stan decidía lanzarse por la ventana, no me hubiese extrañado.

Vi como sus ojos se abrían y se frenaba en seco. Yo sabía que no podría acercarme, y quería advertirle, tenía que advertirle, era mi querido amigo Stan. No podía quedarme indiferente ante la idea.

- Stan, ¿por que pones esa cara? - dije con el tono más asustado que tenía - Sientate, hombre, relájate y no pongas ese rostro, no tienes Alzheimer ni mucho menos - le dije en un tono cortante, aún teñido de miedo y queriendo decir que se dejara de jugarretas.

- E-está bien, n-no sé que me habrá pasado, de pronto sentí que perdía un poco el juicio, jeje

Stan se volvió a sentar, y mi silla no se volvió a desplazar. Claro que estaba perdiendo el juicio, se le veía en su expresión. Aunque siempre me he preguntado por que sucede tan depronto. Es como si todas las personas del planeta estuvieran sumergidas en un estado de colapso inminente, como si sus vidas estuviesen sujetadas por un fino hilo y buscaran cualquier escusa para cortarlo o tirar de él hasta la muerte.

Pasaron unos incómodos minutos, ya estaba casi completamente oscuro afuera, no hay que mencionar que evito salir a estas horas por motivos ya evidentes. Stan se paro, tomó su sombrero y su abrigo, no se detuvo a estrecharme la mano, ni a mirarme, no lo culpé.

Desde el umbral de la puerta volvió su rostro, un poco más compuesto pero con el dejo de locura, o pre-locura listo a ser desencadenado está vez quizá por un gato que dobla la esquina.

-Nos vemos Charles - se despidió con una leve inclinación
-Nos veremos Stan - respondí levantandome de la silla y respondiendo a la inclinación muy alegremetne, en verdad lo estaba.

Pero luego de aquello no nos vimos mucho con Stan que digamos. Nunca más de hecho.

domingo, 22 de mayo de 2011

Fabulas Oníricas I

Corría por una especie de bosque, o más bien una selva, no lo sé. Eramos 4 o 3. Todos con (sin) una cabeza cortada entre las manos.
Vigilabamos a un grupo, de unas 8 a 6 personas, todas tan empapadas como nosotros o aún más. Vestían con ropa moderna, abrigos caros, buenas botas. Nosotros sosteníamos las cabezas bajo el brazo, casi se sentían como si fueran un talismán protector, y el grupo no nos veía. ¿Habían algunas cabezas en picas cerca nuestro?, creo que si.

Volvíamos a la ciudad. Una ciudad antigua, cada edificio construido de madera. Acogedora, pero nada moderna. Todos ahora portabamos "algo" en vez de las cabezas, algo personal y querido. Yo portaba un juego de mesa.
Todos salimos de nuestras habitaciones dispuestos a seguir con nuestros negocios. 3 salieron y el ultimo, yo, me quedé pasmado viendo unos vejetes. Estaban totalmente petrificados viendome, o viendo la pared, o viendo algo invisible entre yo y la pared. Me entretuvo el recepcionista.

-¿Que pasa aquí? preguntó entre alarmado, divertido, emocionado.
Mire a los viejos pasmados, luego al recepcionista, sin decir una palabra.

De pronto el televisor colocado en el segundo piso comenzó a soltar algo.Brillaba. Se había encendido por si mismo. Estaba sobre una mesita, y tenía sintonizado un canal de dibujos animados. Lancé el juego de tablero hacia el televisor. Si había un quiebre en las dimensiones, el juego estaría más seguro dentro. Rebotó contra la fría pantalla quedando tirado en el piso. Luego ella comenzó a salir.

Golpeo la pantalla, la embistió con su carita y se dejó un chichón. Unos círculos celestes a los lados de sus caricaturescos ojos denotaban dolor y lágrimas. Nuevamente la pequeña embistió.El televisor la dio a luz, solo salió. Cayó sobre el recepcionista. La criatura era una niña pequeña de unos 6 a 9 años. Ojos preciosos, cabello negro, enjunta, desnuda y ensangrentada. Totalmente ensangrentada.

La pequeña lloraba, pero se llevaba sus dedos ensangrentados a la boca, lamiéndolos con una mezcla de profunda tristeza y un menor, pero morboso placer.

Miré al recepcionista y le faltaba un brazo. Al parecer en el cruce de dimensiones, su brazo quedó adentro y luego de dada a luz la pequeña, la dimensión se cerró, atrapando y desmembrando al pobre recepcionista. Más no sufría mucho, amaba a la pequeña criatura y la ayudó a dar a luz, cosa que llena un corazón.

El recepcionista se desangró. Murió.

Mis manos se posaron a ambos lados de sus brazos, su piel era tersa y pálida. Tenía el negro cabello, la mejilla, y el cuerpo, manchados de sangre. La pequeña estaba en shock, pero ni un remordimiento sintió por el recepcionista. La cubrí y protegí.

Volvimos a remontar la selva, aún llovía. Todos (ninguno) llevabamos las cabezas. Ahora el grupo era superior. Unos 12 a 15. Estaban los mismos sujetos y otros más. Los nuevos eran todos jóvenes, hombres y mujeres. Se percataron de nuestra presencia y nos miraban imperturbables mientras la lluvia los envolvía. La lluvia lo envolvía todo, densa, caía a cantaros, nublando la visión a mas de 20 metros.

Retrocedimos. Los nuevos nos miraban. Retrocedimos.

Pasamos por las cabezas sobre las picas y seguimos retrocediendo.

viernes, 27 de agosto de 2010

[D.E.F.T. Psychic Agents] ~Capítulo Uno~

Despertó agitado entre las sábanas de su cama, se tomó la cabeza con ambas manos e intentó calmarse a sí mismo. Temblaba de pies a cabeza. Estaba agitado, sudando, con la boca seca y no paraba de apretar los dientes. Se relamió los labios como un reflejo natural solo para encontrar un sabor metálico en su boca, el sabor del miedo. Tenía el estomago recogido, atenazado por una mano invisible.

El joven se intentó tranquilizar respirando, más encontro dificultades para esto por el mismo miedo con el que despertó, aquella zarpa invisible no le dejaba respirar muy bien. Como de costumbre, vio el reloj en su velador. Era una noche de un Jueves, más bien la mañana de un Jueves, las cinco de la madrugada para ser exactos. Amaneció nublado, eso lo hizo pensar que aún era de noche. Comenzaba a distraerse, de a poco. La televisión, el reloj, su alfombra, los muebles, la débil luz que pasaba por las cortinas. Cada una de las cosas que veía lo hacía calmarse un poco, pero la sensación de que algo iva mal no desaparecía.

-¿Habrá sido real?, ¿que es real y que no lo es?- frotándose los ojos empezó a alejar de su mente la pesadilla que había tenido.

Llevaba días soñando cosas demasiado extrañas. En una ocasión, recordó, que su hermano menor, Sullivan, había sido poseído, era como el títere de algo y lo intentaba extrangular.

Pero ahora era diferente, el sueño era -demasiado- vívido. Podía palpar, oía sus propios pasos con total claridad, sentía texturas... la textura de la puerta, podía ver el polvo en el piso. En el sueño caminaba através de un largo pasillo, hasta toparse con aquella puerta oxidada. Impusado por algo que ni el mismo podía explicar, atravesó esa puerta. Contempló impávido de terror como su propio cuerpo estaba colgado en el centro de la misma habitación, veía cada fibra de la cuerda y como estas apretujaban el cuello... -su- propio cuello formandopequeñas arrugas en la piel.

-Tal vez llegue a perder la noción de la realidad si esto sigue asi- le habló a las tinieblas de su habitación y su propia voz le sono irreal. La sensación del miedo no remitía.

En un arranque incomprensible para él mismo es levantó rápidamente de su cama, se dirigió a la cocina y tomó un cuchillo. Se arremangó el brazo izquierdo. Pensó una fracción de segundo lo que hacía, pero no se detuvo. Clavó el filo en su piel y lo deslizó firmemente para sangrar un poco. Se dió cuenta que necesitaba un poco de dolor para volver al mundo real. Se hizo una ligera cicatriz para no volver a olvidar donde estába ni a donde iría.

Ahora no tenía miedo, fue como si hubiera partido el miedo en dos y se hubiera evaporado al contacto con su sangre.

Volvió a acostarse no sin antes preguntarse si había perdido un poco la cabeza, pero se convenció que era lo correcto... sintió que -era- lo correcto. Se durmió al poco rato con la sensación de que volvería a soñar lo mismo. Debía levantarse para trabajar en tres horas más.

El viernes pasó en un suspiro y el fin de semana que usalmente es corto, se hizo más corto aún.
El lunes volvió al trabajo, levantandose puntualmente a las ocho de la mañana.

Ya en el paradero, luego de haberse zampado su desayuno, comenzó a sentir los efectos del poco sueño.

-Debo dormir más- se compadeció. Echó un vistazo para saber si venía el bus solo para encontrarse su mirada con una anciana sentada. A estas horas no era demasaido curioso, se dijo. Era una ancaiana como cualquier otra, o al menos como cualquier anciana suele lucir. Pero la mirada de la anciana era lo curioso. Unos ojos tan profundos e insondables que podías sentir como examinaba tu alma. Desvió los ojos y se estremeció.

-Es solo una anciana cualquiera, cálmate-

Llegó el bus con su traqueteo que lo hizo despertar de sus pensamientos. Al abordar la máquina, pudo ver como la anciana lo seguía atentamente con la mirada, de una forma casual y que lo escudriñaba todo a la vez, especialmente a él. Se sentó y vió como la anciana murmuraba algo. Aguzó el oído, pero solo oyó el motor. Su boca parecía formar una U, luego junto los dientes y los separó para terminar en una pequeña O... Cu... i... da... do... O al menos así le parecío.

-Estoy siendo demasiado paranóico- y se arremangó el brazo izquierdo. Vió la cicatriz y se tranquilizó.

-Es el mundo real, de eso estoy seguro-

El resto del viaje fue un paseo el ver la cicatriz lo calmó completamente. Llegó a las bodegas donde trabajaba, un trabajo arduo, sencillo, pero mal pagado. Había trabajado de noche numerosas veces, así que los ruidos raros y aquellas miradas en la nuca provocadas por la imaginación no le causaban mayor pesar. Fue en parte por esto que sus sueños lo perturbaron bastante. Había oido tantas hsitorias de fantasmas, duendes, trasgos, poltergeist, y cada bestia mítica sacada de una imaginación torcida, que podría fácilmente escribir un libro de como espantarlos a todos y cada uno de ellos. Eso... era -eso- lo que había echo sus sueños tan aterradores. Conocer entes raros y curiosos que no le causaban temor, pero sus propios sueños sí.

Pensaba en todo esto mientras se ponía un uniforme y firmaba la planilla del horario.

De impoviso su jefe lo interrumpió al firmar.

-Jake... a la oficina, ¡ahora!- El tono era -tan- imperioso que quedaba en claro que no se podía discutir con aquella orden. A sabiendas de esto, Jake dejó el lapiz, se tragó sus comentarios y siguió a su jefe a la oficina. Eran dos opciones, horas extras "voluntarias" por la noche o un reajuste en su sueldo y por reajuste era más porcentaje que iría a su pensión... por su puesto.

El jefe de Jake era un hombre alto con una tupida barba y un gorro con visera que no disimulaba muy bien su calvicie. Hablaba fuertemente con la autoridad de los jefes de trabajo formada por años de mandonear a sus empleados.

-¿Que necesita Jefe?- preguntó Jake entre dientes disimulando su mal humor por tan brusca llamada.
-Horas extras... media noche... vete a casa y vuelve más descansado, parece que te hace falta- ni siquiera eran opciones, eran ordenes.
-Al menos no me despedirá ni me cortará el sueldo... eso es bueno, supongo. Claro jefe, nos vemos- salió rápidamente, no estaba en posición de cuestionar y nunca lo había hecho, era innecesario y además necesitaba el dinero.

Su cabeza se llenó de muchas escusas para él mismo mientras se quitaba el uniforme y se iva a casa a prepararse para el turno de noche.

Llegó puntual a media noche, era la misma rutina de siempre. Llegó un cargamento de articulos que se debía catalogar, ordenar alfabéticamente y limpiar, fuera el caso. Comenzó con el tedio a cuestas de lote en lote, era -tan- monótono el trabajo que se inventaba juegos para hacerlo mas divertido, pero ahora ni eso resultaba. Sumergido en esta labor tan aburrida, Jake comenzó a irse un poco de la realidad. Solo hacía el trabajo y pasaba, una y otra vez, casi parecá un robot.

Hasta que de pronto, la vió. Era exactamente la misma puerta que en sus sueños había atravesado. Roja, gastada y oxidada, sin picaporte, era deslizable. Cada pequeña mancha, cada pequeña abolladura, todo. Daba la sensación de estar en otro lugar y otra época, olvidada en el tiempo. Tenía la certeza de no haber visto esa puerta en su vida, pero algo le dijo que ya había vivido todo esto.

Movido hipnóticamente, incluso quizá motivado por el morbo y la curiosidad en dos parpadeos ya estaba al frente de la dichosa puerta.

Las sensaciones volvieron, las texturas eran las mismas, incluso juraría que las pequeñas motas y cerritos de polvos tenían el mismo volumen y posición. Era... -demasiado- idéntico.

Tomó la hendidura y deslizó la perta, no sin sentir un intenso terror por tal vez encontrar su propio cuerpo colgado. Recordó las historias de fantasmas en un chispazo y se dijo que no volvería a dudar de ellas... o tal vez no dudar tanto.

Chirrió al deslizarse, bastante suave, como si hubiese sido aceitada ayer. Se adentró, estaba oscuro. Caminó unos pasos y se apartó de la luz para que se proyectara en el lugar. Vio cajas, plasticos, bolsas, cables y demáses. Incluso vio una soga bastante gruesa, muy parecida a la que rodeaba su cuello en el sueño. Se acercó a examinarla para ver si las rugosidades eran similares... no pudo determinarlo con certeza. Hasta la disposición del polvo en las cajas era similar.

Pero no había cuerpo colgante.

-Raro... mejor dicho, normal. Solo era un sueño-

Se incorporó al tiempo que unas voces surgieron de las paredes.

- ¡Jake, corre, ahora!, !no te queda tiempo!... ya vienen -le dijo la voz, que le era extrañamente familiar.

No tenía mucho sentido lo que oía, ni como lo oía. Recordó a su hermano por un motivo no relacionado, ¿era la voz?, ¿era el lugar?... ¿por que sentía que había vivido aquello? Jake se desconcertó, estaba inmovilizado por la incertdumbre de aquella voz que provena de todas y ninguna de las paredes a la vez. Llegó a pensar que estaba alucinando.

-¡¿Quien eres, que eres?!, respóndeme... !Vamos¡- gritó con los musculos tensionados al no entender que pasaba.
-¡NO hay tiempo!, ¡vendrán por ti! ¡HUYE!-respondieron las paredes
-¡¿Quienes vendran maldita sea?!-

............

Nada... un vacío lleno a Jake tanto en su mente como en su corazón. Estaba ahi parado, sin saber que hacer, sin saber que creer, la realidad ya no se le apatecía tanto a la realidad y no entendía en absoluto nada. Cuando le invadió una certeza, una enorme certeza. Algo o alguien lo había estado siguiendo, empezó sutilemente cuando estaba ordenando los lotes, pero no hizo caso. Ahora... algo estaba ahí y vendría por él.

Se puso a pensar, en todas las opciones. Cerró los ojos y su mente se activó a una velocidad alucinante, los segundos parecian minutos bajo aquell extraño influjo. Escapar... luchar... esperar... todas las opciones bajo todos los puntos de vista. Todo pasó en un parpadeo, pero la certeza aún no se iva, si tomaba cualquiera de esos caminos... moriría.

-¿Quehagoquehagoquehago?, piensapiensapiensa- Las palabras se agolpaban en su mente, cuando una opción se liberó desde lo más profundo.

Se vio a sí mismo en aquell extraño sueño que había tenido tres noches atrás. Se vió colgado, la horrible visión volvía a llenarlo de pavor y gritó, pero no hizo ruido. Extrañado se llevo una mano a la cara por puro impulso solo para descubrir qeu su propia mano vino a su cara. Pero era imposible, estaba ahi colgado... y a la vez, se tocó su propio rostro.

Entendió que estaba dentro de su sueño y que era la única opción que le quedaba. Se acercó al cuerpo, lo miró... algo no cuadraba. Lo rodeó rápidamente, lo observó de pies a cabeza. Vio la cuerda en su cuello, era la misma que esta inspeccionando hace un rato y más alla se encontraba el rollo completo -ahroa seccionada una parte- de la soga... la rugosa soga.

Seguía pensando como escapar de lo que fuera que venía, cuando todo comenzó a desdibujarse. Se miró la mano, estaba translucida. Los detalles se emborronaban, perdía partes del sueño con cada fracción de segundo que pasaba.

-¡No puede ser!, estoy -tan cerca-

De pronto, se acordó, y levantó la manga izquierda de su propio cuerpo colgado. Admiró, casi contempló con una especie de enfermiza alegría, la cicatriz, aquella que le recordaba al mundo real... era ahí su opción.

Volvió al mundo real, con un intenso dolor de cabeza, le palpitaban las sienes y no podía ver muy bien.

-Al menos ya tengo la respuesta... ngggg- se llevo las manos a las sienes mientras sacaba de su bolsillo su navaja multiuso, un regalo de su padre que atesoraba más que cualquier otra cosa.

Jake se arrodillo al lado del montón de sogas, sacó la navaja afilada y se alistó.

Pasaron unos segundos... cuando abruptamente se oscureció todo. Parecía que una nube de oscuridad hubiese entrado en el mismo cuarto que estaba Jake trayendo consigo destrucción y muerte. Se materializaron dos seres de inverosímil forma, humanoides, llenos de espinas, totalmente obscuros y abyectos, como si la misma noche se hubiera condensado dando a luz dos demonios nocturnos. Tenían unos grilletes y un casco adosado a su cabeza. Gruñendo un poco se acercaron al colgado cuerpo de Jake. Lo inspeccionaron por lo que pareció horas, que en verdad fueron segundos.

Parecieron preguntarse el uno al otro con gruñidos guturales y asintieron. Se llevaron consigo su aura maligna y desaparecieron.

El cuerpo de Jake quedo ahi colgando, balanceandose ligeramente de un lado a otro.

El sueño era real.

[Continuará...]

jueves, 26 de agosto de 2010

Bienvenido navegante

Ve entonces, hay otros mundos además de este
John “Jake” Chambers

Todo lo bueno, debe de tener un final, asi es, mi amigo y vecino lector, grandes obras cierran capítulos en nuestras vidas, los maestros cogen nuestras manos y nos llevan a mundos llenos de fantasías y gozo, junto con el terror y la desgracia, y es precisamente, por esos sentimientos, que estas deben acabar, son humanas.

Están vivas.

Y como todo lo vivo, irremediablemente debe morir, de esto trata D.E.F.T. Pysichic Agents, y las muchas historias que vendrán. De la vida, de todo lo que conocemos de ella, y creo. Y espero este de acuerdo conmigo, aun mas importante, de todo lo que no conocemos.

Se preguntara, ¿Cómo escribir de lo que no conoces?

¿No serás mas que un charlatán aspirante a literata?

Puedo responder la segunda fácilmente, eso es exactamente lo que soy.

Pero la primera pregunta, es mas difícil amigo mio y piénselo un segundo, hasta ahora, la historia de la humanidad nos demuestra, que la ficción casi siempre queda corta contra la realidad, mi intención, en esta pequeña odisea es intentar, siempre en vano igualarla, solo por un segundo, y lograr que vea esa realidad que está un poco más haya. No, no tanto, solo a unos dos pasos de su cómodo sillón… o silla.

En fin, esto se a alargado más de lo que debería, y ya tengo miedo de haberlos aburrido mis queridos amigos, pónganse delante de mi y camine, yo estaré ahí para evitar que se pierda en este mundo, donde las cosas que normalmente no podemos ver, caminan por la acera de enfrente, cerca de la escuela, y debajo de nuestras camas... en incluso aún más cerca, en nuestra propia mente.

Y recuerde, crea, pues en la realidad siempre habrá cosas –y seres- que escapan a nuestra compresión, desde una gigantesca destilería cósmica cerca de Andrómeda, o soles donde llueven balas de plata, pasando por infinitos mundos iguales a este, y uno de ellos, es justamente a donde vamos.

Un mundos donde Jake, Aladrais, Emily y cuantos puedan nombrarse están ahora mismo duermiendo y deseando haberse quedado despiertos.

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