domingo, 22 de mayo de 2011

Fabulas Oníricas I

Corría por una especie de bosque, o más bien una selva, no lo sé. Eramos 4 o 3. Todos con (sin) una cabeza cortada entre las manos.
Vigilabamos a un grupo, de unas 8 a 6 personas, todas tan empapadas como nosotros o aún más. Vestían con ropa moderna, abrigos caros, buenas botas. Nosotros sosteníamos las cabezas bajo el brazo, casi se sentían como si fueran un talismán protector, y el grupo no nos veía. ¿Habían algunas cabezas en picas cerca nuestro?, creo que si.

Volvíamos a la ciudad. Una ciudad antigua, cada edificio construido de madera. Acogedora, pero nada moderna. Todos ahora portabamos "algo" en vez de las cabezas, algo personal y querido. Yo portaba un juego de mesa.
Todos salimos de nuestras habitaciones dispuestos a seguir con nuestros negocios. 3 salieron y el ultimo, yo, me quedé pasmado viendo unos vejetes. Estaban totalmente petrificados viendome, o viendo la pared, o viendo algo invisible entre yo y la pared. Me entretuvo el recepcionista.

-¿Que pasa aquí? preguntó entre alarmado, divertido, emocionado.
Mire a los viejos pasmados, luego al recepcionista, sin decir una palabra.

De pronto el televisor colocado en el segundo piso comenzó a soltar algo.Brillaba. Se había encendido por si mismo. Estaba sobre una mesita, y tenía sintonizado un canal de dibujos animados. Lancé el juego de tablero hacia el televisor. Si había un quiebre en las dimensiones, el juego estaría más seguro dentro. Rebotó contra la fría pantalla quedando tirado en el piso. Luego ella comenzó a salir.

Golpeo la pantalla, la embistió con su carita y se dejó un chichón. Unos círculos celestes a los lados de sus caricaturescos ojos denotaban dolor y lágrimas. Nuevamente la pequeña embistió.El televisor la dio a luz, solo salió. Cayó sobre el recepcionista. La criatura era una niña pequeña de unos 6 a 9 años. Ojos preciosos, cabello negro, enjunta, desnuda y ensangrentada. Totalmente ensangrentada.

La pequeña lloraba, pero se llevaba sus dedos ensangrentados a la boca, lamiéndolos con una mezcla de profunda tristeza y un menor, pero morboso placer.

Miré al recepcionista y le faltaba un brazo. Al parecer en el cruce de dimensiones, su brazo quedó adentro y luego de dada a luz la pequeña, la dimensión se cerró, atrapando y desmembrando al pobre recepcionista. Más no sufría mucho, amaba a la pequeña criatura y la ayudó a dar a luz, cosa que llena un corazón.

El recepcionista se desangró. Murió.

Mis manos se posaron a ambos lados de sus brazos, su piel era tersa y pálida. Tenía el negro cabello, la mejilla, y el cuerpo, manchados de sangre. La pequeña estaba en shock, pero ni un remordimiento sintió por el recepcionista. La cubrí y protegí.

Volvimos a remontar la selva, aún llovía. Todos (ninguno) llevabamos las cabezas. Ahora el grupo era superior. Unos 12 a 15. Estaban los mismos sujetos y otros más. Los nuevos eran todos jóvenes, hombres y mujeres. Se percataron de nuestra presencia y nos miraban imperturbables mientras la lluvia los envolvía. La lluvia lo envolvía todo, densa, caía a cantaros, nublando la visión a mas de 20 metros.

Retrocedimos. Los nuevos nos miraban. Retrocedimos.

Pasamos por las cabezas sobre las picas y seguimos retrocediendo.

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